tiempo.

Somos tejas que acumulan los secretos del cielo buscando tiempo.

Éramos dos corazones vacantes hasta que nos conocimos…

y encontramos el tiempo.

 


creyendo soñar.

Me despierto una mañana, sin reloj ni ruidos ni agendas delineando mi día. Mis ojos se abren solos y miran hacia la ventana. Siento una suave brisa entrar. El inmenso pino de unos siete pisos de altura se tambalea a gusto con el viento matutino. El sol se asoma tímidamente como queriendo pasar inadvertido. Empieza a colarse una diminuta lluvia con una tranquilidad inédita. Y de repente un azulejo llega a mi ventana, se posa sobre la reja y moviendo la cabecita de un lado a otro, inspecciona mi cuarto. Probablemente sean locuras mías, pero siento que me quiere decir algo. Se me aguan los ojos ante su pequeño cuerpo azul y blanco. Y me digo a mí misma que seguramente estoy soñando todo esto, porque esto no puede ser verdad.

¿Por qué será que siempre creemos soñar cuando somos testigos de la belleza? 

 


post – guerra.

Frente a nosotros llega el cielo, recoge sus cosas, nos deja la tierra más desolada y se larga de aquí.

 


tristezas de acetato.

El disco gira y gira y no hace más que rayar y subrayar cada una de mis tristezas de acetato.


campo magnético.

Hace ya demasiado tiempo, emprendí una búsqueda obstinada por una sustancia que aplacara cada una de las ilusiones que rigen mi vida, cada una de las bombonas de oxígeno que dentro de mis pulmones deletrean lo que vergonzosamente debo llamar amor.

Hace más de dos años, viajé kilómetros y kilómetros de distancia hacia la selva para encontrarme con un chamán que me recetaría un líquido milagroso, para difuminar cada una de las emociones incontroladas que expulsa mi cuerpo una y otra vez.

Hace un año compré una caja completa de hilos magnéticos de último modelo, y abriéndome un par de huecos en cada pie, traté de que me halaran hacia la tierra anclando el otro extremo al punto más recóndito del subsuelo.

Hace siete meses exactamente diseñé un aparato especial, que al regir la corriente de fuego contrapuesta al cielo no permitía ebullición alguna, haciendo que cualquier fuente de calor que se generara estuviese directamente dirigida  hacia el piso.

Hace d  dos meses apenas compré un pequeño y curioso artefacto que detectaba cada uno de los ridículos vuelos que suelo emprender. Cada vez que detectaba algún vuelo interno, me multaba… sí… la máquina me multaba.

Hace tan sólo una semana compré un libro de 391 páginas que niega todas y cada una de las razones que nos hacen volar, dedicándole horas y horas de estudio a entrenarme a rechazar el sin fin de cosas que me mueven el mundo.

Y anoche… anoche… caí en cuenta… nada ha dado resultado. No existe hasta ahora tecnologia, ni poción mágica, ni decreto alguno… que me ayude a no ser como soy. No he encontrado aún, una fórmula que invierta las leyes de mi naturaleza, ni teoría que desafíe mi propia fuerza de gravedad. He descubierto que por más que me empeñe en hacerme de una materia exactamente contraria a la materia de mi alma, nada cambia ni cambiará jamás el sentido de mi campo magnético.

Y es que mi fuerza de gravedad es hacia arriba coño, no hacia abajo.


cuestionario senza risposta.

¿Cuánto mal puede caber en tan diminuto planeta? ¿En qué material nos convertimos cuando nos hacemos capaces de matar a alguien? ¿En qué momento hemos vuelto tan miserable el suelo que pisamos? ¿Hay tiempo realmente para éste tipo de actividades? ¿No estamos todos tan infinitamente ocupados, con teléfono en mano, y días diagramados? ¿Por qué apartamos siquiera una hora de nuestra agenda para desgarrar el mundo un poquito más? ¿Es realmente necesaria tanta masacre de piel y alma? Cuando torturamos y degollamos, ¿qué parte exactamente de nosotros juega al espejo roto? Cuando juzgamos las diferencias en otros, ¿cuál de tantas mentiras propias salen a relucir sin que nos demos cuenta?

¿Cuántas guerras más se harán imprescindibles para entender de una buena vez que el mundo no es de quienes lo conquistan, sino de quienes se dejan enamorar por él?


banquete de mierda.

Cenamos juntas una noche, cada una de mis Ausencias y Yo.

A mi lado derecho, se encontraba mi Ausencia de Dinero, quien había deliberadamente ordenado un exquisito vino africano acompañado de un pato laqueado a la francesa. Sentada junto a mi Ausencia de Dinero, cínicamente se encontraba mi Ausencia de Éxito, quién acaparaba la atención de todo el restaurante, firmando uno y otro autógrafo. Un poco más lejos se encontraba mi Ausencia de Cultura quién nos tenía a todos mareados con sus disertaciones y discursos sobre la relación entre la caída del Imperio Romano y las infamias políticas del siglo XXI. A mi lado izquierdo, se encontraba mi Ausencia de Amor, quién descaradamente mentese besaba con mi Ausencia de Sexo, produciéndome la excitación más patética de todas. Al otro lado de la mesa, mi Ausencia de Integridad tergiversaba cada una de las estructuras que componían mi alma. A su lado, mi Ausencia de Coraje, había obstinadamente decidido amarrarse las manos a la silla y permanecer inmóvil durante toda la cena. Un poco más allá, mi Ausencia de Salud se encontraba absorta pasando en limpio las facturas detalladas de cada uno de mis descuidos, que poco tardaría en entregarme. Cerca de la otra punta de la mesa, mi Ausencia de Familia me mostraba a lo lejos, fotografías y fotografías de todos aquellos momentos preciados que he dejado pasar. Y finalmente, exactamente en la punta opuesta a la mía, se encontraba mi Ausencia de Mí… obsequiándome la mirada más rejodidamente vacía del mundo.

Al cabo de un tiempo – demasiado largo para mi gusto – pedimos la cuenta.

¿Y quién termina pagando la cuenta? Yo, por supuesto…

la única presente en ese banquete de mierda.


con un poco de cafeína.

Seguramente yo sería para otros la hermosa chica de ojos tristes que día tras día, buscaba un poco de cafeína pensando que así, lograría mantener despiertos sus sueños. 


desde el fondo del mar.

Y de regreso, siempre de regreso al miedo, a la falta de paz, a las mil y un preguntas sin respuestas, a los mil y un problemas inventados, al elocuente y más que convincente monstruo interno. ¿Quién lo habrá dotado de palabras tan ácidas y estrategias tan geniales? ¿Cómo es que siempre logra derrumbarme lo más bello, lo más puro? ¿En qué momento permití que le fuera obsequiado tan miserable don? y… ¿Por qué lo sigo permitiendo?

La felicidad es sin duda alguna, un gusto adquirido.

No creo que mi mayor talento haya sido solo la autodestrucción. Si soy sincera conmigo misma, sé que mi mayor talento fue mi creatividad para los obstáculos. Pocos creerían los diseños tan sofisticados que llegué a confeccionar… siempre al día, siempre el último modelo en obstáculos. Nuevas aplicaciones diseñadas especialmente para combatir cualquier sueño, por más terco que éste fuese. Me pregunto aún, en qué consistía mi empeño en hacérmelo todo tan difícil. De no ser por tantos obstáculos… quién sabe dónde estaría hoy…

Ciertamente no tirada en el fondo del mar como un recuerdo que bien vale la pena no recordar…


promesas mareadas.

Algo así como unos cincuenta años más tarde, y quién sabe si serían más… estaría ella sentada frente a la misma playa que una vez recogiera todas sus promesas.

La arena cambia. Va y viene. Y de repente, la marea trae una botella de un verde profundo. Ella toma la botella y se da cuenta que contiene un papel. Mira a su alrededor y abre la botella. Saca el papel escrito a mano y descubre una infinita lista de promesas y promesas. Su mirada se congela… Mete el papel en la botella, la cierra, y la regresa al mar para que la marea se la trague de nuevo.

La pobre mujer, después de tantos años, fue incapaz de reconocer su propia letra…


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